Cuando llegas…

19 noviembre, 2011

Te tuteo. Porque ya has venido a visitarme varias veces.

Desconozco qué te manda. Desconozco si disfrutas con lo que haces. Desconozco qué te mueve, si vienes premeditadamente o mientras recorres tu camino juegas a los dados.

Haces daño porque rompes nuestro pequeño mundo. Y duele. Consigues que muchas gente no vuelva a levantarse y pierda las ganas de vivir. Desconozco si es eso lo que persigues. Seguramente sea así.  

Te disfrazas. Algunas veces de coche en dirección contraria , otras de enfermedad,… y disfrutas.  Una y otra haces añicos nuestros planes. Destrozas sueños. Eliges tu “presa” y sabes que no volverá a ser el mismo ni hará lo que otros han soñado para él.    

Vas y vuelves avisando que tal vez el siguiente sea aquél o el mismo. Te ensañas.  

Pero no soportas nuestra fortaleza, no concibes que estemos a la altura de nuestro sufrimiento… y menos aún que hagamos una bandera con tu llegada. Y lo convirtamos en un motivo de vida…. y menos que cada vez muchos más se inmunicen luchando.   

Te espero. Sin resignación, con una sonrisa.

Te tuteo porque te conozco… te llamas adversidad, contratiempo.

Gracias por traerme a una Inés que no esperaba, me has abierto la puerta a una vida que era la que necesitaba. 

Íñigo Alli

Ayer soñé…

2 noviembre, 2011

Ayer tuve una pesadilla. De repente ya no estaba.

No podía tocar a mis hijos, ni despedirme de ellos, mi mujer no me oía decirle cuánto la quería. No podía jugar con Inés, ni llevarla a la guardería ni acompañar a sus hermanos mayores al colegio.

Ya no estaba. No me despedí de mis amigos para darles las gracias por todos estos años.

No abracé a mis padres para darles las gracias… por dejarme nacer, por ayudarme a ser como soy.

Entonces era tal la tristeza que olvidé lo que no era importante. Me olvidé de la crisis, del pesimismo, de mis ratos malos. Olvidé pensar en el pasado y preocuparme por el futuro. Porque ya había llegado.

Pero desperté. Y estaba aquí.   

Y descubrí que puedo dar un abrazo a mis hijos todos los días, hacer cosquillas a Inés mientras no para de reir. De acompañarla a la guarde y cerrar la puerta de clase mientras me dice adiós con esos dedos tan gorditos.

Puedo llamar ahora a un amigo y decirle qué tal estás, o darle las gracias, o tomar una cerveza y disfrutarla aunque charlemos de lo más mundano y absurdo.

Puedo ver a mis padres y decirles con la mirada todo lo que les debo.

Y es tan grande mi alegría que he olvidado lo que no es importante: de la crisis, de los que me quitan energía, de todo lo que no es esencial.            

Dichoso virus del síndrome Up.

No vendas tu vida, vuelve a lo esencial.

 

Íñigo Alli

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